lunes, 23 de diciembre de 2019

diciembre nuestro


Mañana es noche buena, buena para reunirse con los que uno ama aunque no estén cerca, aunque no estén presentes, aunque no estén vivos. Aunque duela un poco.

Diciembre es así, una mezcla de sentires y una maratón de actividades porque ya se acaba el año, porque además de trabajar aparecen los motivos para reunirse y abrazarse, porque además de todo hay que terminar con las listas de pendientes, porque también hay que tomarse un café y respirar… Diciembre se mueve al ritmo de los Rolling Stones, tiene olor a jengibre y canela y te revuelve el alma con recuerdos que se viven en la piel y en la boca.

Hace diez años que el día 24 de diciembre no tiene el mismo sentido porque las dos magas de mi casa decidieron volar. Mi madre que hacía que cada diciembre sea especial con sus ojos verdes iluminados y mi abuela María que nos amaba desde su cocina dando órdenes como capitán de infantería.

(Cómo me cuesta dibujar mis propios rituales y hacer que nuestros diciembres tengan su propio sabor y suenen a chocolate y blues).

Ahora mismo, Édith Piaf invade la casa mientras el jardinero deshierba el pequeño jardín trasero, mi hija está en su dormitorio haciendo planes para una cena con sus amigas y mi hijo salió a pasear al perro. Comienza la historia, comienzan los instantes a convertirse en memoria y provocar recuerdos. Eso quiero, provocar. Los rituales de la casa nuestra son así, con poco rojo y verde pero con mucha luz. Con la única gana de ser y pasarla bien, aunque a veces no estemos cerca, aunque se sumen otros abrazos, aunque la casa no huela a popurrí pero se respire libertad, aunque no hayan adornos dorados pero sí velas encendidas y mucha mucha paz.  

¡Bienvenida a la realidad!, me dijo una amiga hace unos días cuando le contaba sobre algunos desencantos propios de las “fiestas”, y es verdad, lo ideal no existe. Solo sobrevive lo real, lo de cada día, aquello que puede y está, lo que es pues, lo que es. Y a partir de eso voy escribiendo mis diciembres que hoy, justo ahora tienen otro tono. Ahora saben a sonrisas y besos inesperados, suenan a dulce de leche y tienen olor a un abrazo largo. Este diciembre lleva una bandera de perseverancia, tiene en la entrada de casa una alfombra que dice: gracias y no tiene cortinas para que el cielo nos alcance. (En realidad no tiene cortinas porque nos mudamos recién y las cortinas están en la lista de cosas por hacer para el próximo mes, es así.)

Este diciembre es nuestro, un poco desordenado, a ratos apurado, con tropiezos y también con largas conversaciones sobre la cama pero nuestro, muy nuestro. Y desde aquí, les deseo un diciembre lleno de cosas buenas, de personas amadas y palabras bonitas, un diciembre lleno de cosquillas y música a todo volumen, un diciembre de besos con los ojos cerrados y galletas con azúcar, de momentos en silencio sintiendo a los que nos visitan y de piel con los que tenemos al lado.

Les deseo un diciembre memorable, donde lo importante sea lo que a ustedes les de la gana. ¡Salud! 
(selfie de ayer domingo)





lunes, 28 de octubre de 2019

Carta al Señor Evo Morales Ayma


Señor
Evo Morales Ayma

Acabo de escuchar su patético discurso que no fue más que un intento desesperado de repetir palabras, las mismas que en algún momento lo llevaron a sentarse en esa silla de la que usted, ahora, no quiere moverse. Primero me dio mucha rabia porque su soberbia sobrepasa los límites de lo racional aunque no me sorprendió porque de usted no se puede esperar otra cosa. Después, siguiendo sus desordenadas ideas comencé a sonreír porque usted no tiene idea que ahora su discurso de racismo no va más. Parece que no ha salido a las calles a ver como todo el pueblo boliviano reclama unido y en libertad, ya no podrá hacernos creer que no somos hermanos, esas palabras ya no sirven señor Morales. Estamos juntos en esto, nos reconocemos bolivianos y así estamos pidiendo que nuestra decisión sea respetada.
Me da usted pena.
Esta lucha es en las calles y no vamos a cansarnos hasta ver que nuestro voto, el voto real de todos los que queremos que usted y su régimen dictador se vayan, sea el que gobierne. No le tenemos miedo señor Morales, usted ahora tiene el poder porque se ha encargado de comprárselo sin medir consecuencias, pero nosotros tenemos la convicción de que queremos vivir en un país libre. Nosotros, el pueblo boliviano estamos de pie, firmes, para defender lo que es nuestro…nuestro derecho a elegir.

Después de escucharlo, entré a la habitación de mis hijos y se me cayeron las lágrimas porque es por ellos que yo no voy a descansar hasta ver a mi país libre de su nefasto gobierno. Yo quiero que ellos vivan en un país donde su voz cuenta, que sepan que pueden caminar tranquilos y no serán perseguidos por pensar diferente, que no les importe el color de su piel ni dónde les entregaron el certificado de nacimiento. Yo quiero que ellos vivan en un país donde se respete a las autoridades porque estas quieren lo mejor para sus habitantes.

Señor Morales, en serio, todavía puede irse y evitar que corra más sangre. De aquí yo no me muevo hasta ver que mi voto se respeta. Somos muchos, somos todos y no tenemos miedo.

Roxana Hartmann
Artista visual boliviana
23 de Octubre 2019

domingo, 6 de octubre de 2019

Las palabras insisten


Escribo y borro. Respiro. Miro el verde mojado que tengo al frente y me detengo.
El viento frío sube por mi tobillo. No necesito nada más que todo lo que tengo.

En los últimos días he caminado nuevas calles, descubrí espacios distintos y confirmé que las fronteras ya no son fijas, se transforman a medida que las palabras acompañan este viaje que no termina nunca. La muerte ya no me provoca asfixia y el amor se viste con el traje que quiere sin fijarse en nada más que estar. En estar y ser. En dejar ser. Las presencias no son un requisito aunque coincidir se volvió inevitable.

Escribo, escribo y borro. Las palabras que dibujan situaciones o mejor dicho, los momentos vividos y las personas en esos momentos, vienen y se sientan a mi lado, me miran y marcan esta hoja en blanco. Dibujan con su esencia formas muy parecidas al rastro que deja la luz que pasa a través de tus manos al hablar, o la sombra que proyectas cuando te mueves y el pasado te persigue o el sonido de la carcajada que se estrella contra el muro vacío de lo esperado. Escribo. Y al escribir voy creando este presente lleno de hilvanes. Convoco. Te quiero, los amo. Sonrío.

Las palabras insisten, yo insisto.

¿Cuál es mi afán? Creo que esto de la memoria y del tiempo. De la identidad y la relación de uno con su historia, con sus palabras y con las historias de otros, creo que esto es lo que me detiene a escribir, escribir y borrar. Mi afán es decirte que estás en el abrazo de bienvenida, en los libros que leíste y que otros ahora leen, en la noche llena de murmullos y en el calor de tu piel conquistada. Estás en la calle hablando con eco y en esa silla, tomando café. En la terraza, en el museo y en la cocina, estás ahí en la memoria. En cada encuentro, en todos los lugares. Ahí estás, estamos, seguimos.
Mi afán es que sepas que mi historia se enreda con la tuya, dialogan, se alimentan, se separan, vuelven y se transforman en otros seres, en otras palabras y otros lugares.

Escribo y sigo.

(sigamos)

sábado, 7 de septiembre de 2019

Nos quemamos






Hace días que el fuego se lleva todo lo que palpita a su alrededor, no se puede hacerle frente, no nos deja y son pocos los que ponen todo su cuerpo para tratar de aplacarlo.


Nos quemamos, y no es sólo el verde que se pierde debajo de la capa de grises con trazos abstractos robando cualquier insinuación de figura, se pierde también nuestra capacidad de ver más allá, nos perdemos…nos estamos borrando.

Vivir no se trata de coleccionar likes o buscar el filtro que borre las arrugas, tampoco se trata de sumarse a una lucha solamente por tener algo de qué hablar, y hacer eso…hablar solamente. Vivir se trata de vivir. De ser un sujeto consecuente, coherente en todas las acciones. Aunque no te vean, aunque lo que hagas parezca que no importa. Aunque tu post no se comparta. Parece que estamos condenados a ser lo que los otros piensan que somos, pasamos mucho tiempo del día construyendo ese personaje para el resto, nos olvidamos de nosotros mismos, de dejar que ese ser que vive en nosotros respire con pausa. Nos estamos quemando y ahora creemos que además podemos apagar incendios.

En estos días he visto mucha gente que trabaja en sintonía para ayudar a las regiones donde sucede el desastre, que da lo mejor de sí, comprometida y silenciosa (y bulliciosa también). He visto el amor manifestarse en distintas formas, todas válidas, todas refrescantes. Todas urgentes y necesarias. He visto cómo aprendemos rápidamente a insistir y resistir. También he visto cómo confundimos fácilmente la vanidad con la presencia y la impostura con la convicción. He visto cómo vivir el presente nos lleva a pisarlo. Es impresionante. Es un tiempo difícil, nos estamos quemando, es real, es mucha tierra devastada y mucho futuro sobre puntos suspensivos. ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Estamos librándonos de nuestra propia muerte? ¿Lo hacemos por nosotros y todos nuestros compañeros?

Parece que nos estamos salvando, raspando, pero no nos vamos a aplazar. Parece que finalmente nos visita la gana de pensar en los demás y en nuestro entorno, desinteresadamente, aunque tengamos que registrarlo (por si acaso) en una que otra selfie. Aprovechemos pues, que no nos distraigan las fechas importantes ni la foto para las redes, que las palabras escritas sean pasos caminados, que los hashtags se conviertan en acciones diarias y nos volvamos influencers en nuestra entorno cercano. Que nos valga una mierda las teorías de “cómo ser una persona exitosa” y nuestro instagram tenga las fotos que amamos. Que nuestras historias cuenten lo que queremos y no lo que pensamos que los otros quieren escuchar.  Amemos como nos de la gana, como mejor nos salga, porque en realidad a nadie le importa lo que hacemos, que nos importe a nosotros. Amemos.

Vivamos, que para morir tendremos tiempo.

(Toborochi en San José de Chiquitos)



domingo, 11 de agosto de 2019

Por amor


Dormir en casa de mi abuela era casi un ritual los fines de semana. Yo era quien insistía en quedarme porque amaba la textura de sus sábanas de algodón puro y el desayuno con huevo frito de orillas tostadas, sal y pimienta con un pedazo de pan recién calentado y té en taza gigante.

Los sábados eran días festivos para mí, porque amanecía al lado de ella. De todas las camas de su casa, yo elegía dormir en la suya, en medio de todas sus almohadas que tenían tres fundas cada una. - Esto de las fundas me lo enseñó muchas veces, la primera funda debía ser de tocuyo cosida con un punto  suelto para poder tirar del extremo del nudo y que salga todo sin problema, la segunda era de algodón blanco y la última, la que estaba en contacto con la piel, podría ser la del juego de sábanas, que en su caso siempre eran blancas o verde agua. – Era muy lindo estar acostada, verla caminar en camisón y pantuflas oliendo a crema Nivea (de lata) y acercarse a mi lado de la cama para taparme. Primero estiraba la sábana y me cubría toda mi cara, para después estirar la cubrecama, doblarlas justo en medio de mi pecho y meter todo debajo del colchón dejándome casi sin poder mover mis manos, amaba esta sensación de estar empaquetada y sacar mi pie por un lado sin que ella se de cuenta. Servía dos vasos con agua, uno para cada una, y los tapaba con un platillo, siempre hay que tener agua cerca, me decía. Por fin entraba a la cama y me preguntaba si me sentía bien, me acariciaba el cabello un rato y sacaba del único cajón de su mesa de noche un libro negro lleno de rezos, que había sido de su madre, y un rosario. Se ponía a rezar y yo amaba ese momento, la luz amarilla de su lámpara, la sombra que se proyectaba sobre las cortinas y el sonido de su reloj despertador a cuerda. 

Mi abuela se llamaba María, medía casi un metro y medio y sus zapatos eran los más chicos de la numeración de adultos. Era muy saludable, inquieta y noble como un árbol de raíces profundas. Destilaba amor en todos sus actos, hasta cuando nos reñía por todo y por nada y por si acaso también. La Maru, como le decíamos todos, era esta mujer de poca estatura pero con un espíritu guerrero que jamás vi, maestra en cálculo mental y una especie de hechicera en la cocina, todo lo que tocaban sus manos era extraordinario. Una mujer fuerte, así era ella, con la capacidad de convocar a su tribu sin necesidad de invitación.

Recuerdo a menudo que yo entraba a su armario para ponerme sus zapatos, cuando aún me quedaban grandes, y colgarme una de sus carteras, que siempre tenían adentro un pañuelo limpio de tela. Vestida de Maru y frente a su espejo me llenaba la cara con su polvo Maja mientras la bailarina de ballet daba vueltas con El Lago de los Cisnes en la cajita musical que ahora mismo no se quién heredó. Ese acto no me duraba mucho porque yo prefería ponerme mis North Star blancos con rayas azules y salir al jardín a explorar hasta que escuchaba un grito llamándome desde la cocina, era la hora de ayudar a armar los bollos para que la masa leude por segunda vez antes de meterla al horno. En realidad yo era la experta en poner mantequilla a las latas, un oficio que no disfrutaba mucho porque me estremecía lavarme las manos y que la grasa no salga fácilmente. Los sábados eran así, de ella y con ella, mirándola y apretándole de rato en rato su brazo robusto. 

La Maru tenía también la maestría de tejer, hasta de dormida, mientras miraba su novela. Sabía más puntos que los que mostraban en El Arte de Tejer. Se empeñó en enseñarme, ponía mi sillita a su lado para que yo la imite con unos palillos pequeñitos, apenas me salía el punto llano un poco desprolijo, ella insistía. Cuando fui creciendo y se había dado por vencida en su labor de enseñarme a tejer, me usaba de pedestal, me pedía que estire mis dos brazos y ponía la lana alrededor para convertirla en un ovillo. No podía moverme cuando ella me pedía esto porque si no todo  podía enredarse y eso no era bueno, eso venía con un “Te he dicho que no te muevas Roxanita” y la posibilidad de un segundo bollo de lana para que aprenda a no moverme. Creo que me preparaba para la guerra.  Ahora me río, porque es como si viviera la escena de nuevo, ella en su sillón, mi madre en el de al lado hablando de metafísica mientras también tejía y yo parada como alfil fiel y comprometido. Un aquelarre mismo.

Mi abuela no había leído tanto en su vida, no citaba autores ni sabía mucho de Platón, ella vivió trabajando entregada a los suyos y su filosofía era esa, la del amor aunque no decía te amo. Ella me decía que me abrigue tras que comenzaba a llover, me llevaba a tomar helados en cucurucho (como ella decía), me pasaba unos billetes para mis salidas cuando venía de vacaciones en la época de Universidad, cocinaba lo que más me gustaba y me hablaba de respeto. Me mostró muchas formas de amar, porque cada uno ama como mejor sabe, como puede, eso me enseñó.

La recuerdo cada día y hasta a veces la escucho, ella murió meses después de la muerte de su hija, mi madre. Un día decidió partir y no despertó más. Hasta para morir fue obstinada. Murió por amor, como todo lo que hizo en su vida.

(María)




domingo, 21 de julio de 2019

Y seguir viviendo


Amaneció muy frío, la temperatura marcaba en negativo. Las montañas de alrededor estaban blancas por la nieve que hace dos días caía y los pinos cercanos estaban inmóviles porque el viento había cesado. Esa misma mañana, un par de horas después, estaba este señor de pantalón oscuro, boina que hacía juego y chaleco marrón claro caminando sobre el campo de golf. Cargaba un palo, su carrito lo esperaba a unos metros, se puso frente a la bola y comenzó a hacer algunos movimientos seguramente para calentar y para medir la distancia o la fuerza que necesitaba (no se mucho de golf). Luego, después de una imperceptible pausa, disparó la bola y su cuerpo giró con un ‘swing’ perfecto dibujando con su presencia una línea armónica y al mismo tiempo rebelde.  Siguió caminando hasta el siguiente hoyo con la serenidad que sólo un señor de noventa y seis años y mucho juego posee.

Lo conocí hace poco y desde el primer día siento un apego inexplicable. Cuando lo veo caminar, en mi mente suena Fina Estampa de Caetano Veloso, me hace sonreír mirarlo y escucharlo hablar sobre cualquier tema con tanta elocuencia que me provoca a no dejar de conversar. Él sabe escuchar y no tiene prisa por terminar los temas. ¿Serán los años recorridos los que le dan esta combinación de alegría y serenidad? Yo creo que es la relación de su ser con el entorno, con lo que ahora le toca vivir, con esa sabiduría de tomarse cada día como viene y en vez de quejarse, simplemente vivir de la mejor manera, sin tanta teoría. Por lo que me contaron, es una persona muy activa, llena de oficios y con un romance interminable con el deporte que es el que le genera el equilibrio de hacer y ser libre como el aire que le rodea cada vez que pisa firme el campo de golf que tanto ama. Creo que tengo curiosidad por descubrir la maestría de su caminar ligero.

No hay una fórmula para vivir bien, ni un pronóstico de tiempo infalible, vamos avanzando cada día construyendo nuestra realidad motivados por la razón o por el azar muchas veces.  Nos rodeamos de personas y coleccionamos momentos, pero no siempre estamos conformes con los instantes, debe ser porque no decidimos pensando auténticamente en nosotros mismos, en nuestra vida.  Estamos en medio de un presente lleno de propuestas que prometen alimentar nuestro espíritu, que nos dicen cuál es la mejor ruta para llegar a la felicidad, nos dicen tantas cosas que vamos consumiendo individualidad en un mundo de individuos. Al final, o mientras tanto, no nos damos cuenta que sumamos títulos de libros para ser diferentes pero no le damos atención al ser que nos habita. Dejamos de lado el amor, le restamos importancia, lo encasillamos en el amor de pareja y pensamos que la magia no sucederá porque también nos compramos el libro de que el amor es una epifanía y no un proceso que involucra trabajo. Vamos juntando días y pensamos que nuestro tiempo es lineal, entonces qué más da vivir como sea si al final llegaremos. Un desperdicio.

Vivir parece ser una obviedad y vivir hasta la muerte una consecuencia inevitable. Empeñarse a vivir intensamente con la necesidad de reflexionar en el presente y tener conciencia de cada paso hilvanando palabras, es mi urgencia.

Gracias Jaime, tu tozudez me llena de palabras y me regala libertad. 

Jaime Mustafá



domingo, 30 de junio de 2019

El lenguaje de la existencia



El ser humano se choca con el lenguaje desde el momento de su nacimiento y es el mismo lenguaje el que se encarga de crear, limitar o confundir, muchas veces, su recorrido. Cada uno se cree lo que mejor calza con su imaginario de realidad, cada uno acopla a su vida las palabras que escuchó repetidamente, las que decide eliminar pero no puede o las nuevas con las que trata de entender su existencia.

El amor es una de ellas, lo que nos dijeron del amor, lo que pensamos de él y el temor que le tenemos a sus significados. Es un diálogo interminable el que entablamos con el amor, una búsqueda, casi una confrontación. Muchas veces el simple miedo a la palabra hace que las posibilidades de convivencia con nosotros mismos y con el otro se tornen muy difíciles. Es inevitable rondar en el territorio incierto de esta palabra todos los días de nuestras vidas, es inevitable hablar de amor, de desamor, es inevitable hablar de uno mismo. En cada encuentro comenzamos o terminamos hablando de amor, escuchando cómo los otros hablan y se refieren a esta palabra, a este estado de ser y estar. Es también ineludible observar las distintas formas que tenemos de construir las relaciones y la manía equivocada de cargar de nuestras expectativas al otro y de dotarlo de nuestras ilusiones terminando en poco tiempo con lo que habíamos creído que era amar o ser amado. No es fácil darse cuenta que nos contaron (y nos siguen contando) historias bizarras sobre el amor verdadero, cuando no sabemos cuál es la frontera de la verdad o de lo real. Es una tarea cotidiana entender que el amor no fluye de manera sobrenatural, que se construye con nuestras propias y muy singulares maneras de ver, con los sutiles encuentros con el otro sin despojarlo de su individualidad. Es un reto comprender que muchas de las historias que contamos son una suma de ficciones y deseos no culminados y que el presente lo estamos dibujando con trazos llenos de probabilidades en vez de simplemente marcar la superficie con la franqueza del grafito sobre el papel, sin pretensiones ni condiciones.

El presente que nos toca vivir debería ser el espacio donde invertimos nuestra capacidad de amar, de construir caminos y quizás de romper con los desenlaces que venimos reproduciendo aunque reneguemos del pasado. Es fácil decir que el pasado no existe y que debemos enfocarnos en el presente cuando andamos hilando definiciones enlatadas como si de repetir consignas se tratara sin darnos cuenta que seguimos en lo mismo, seguimos dándole una carga importante a los significados colectivos en vez de crear espacios flexibles de convivencia. ¿No es la repetición una manera de estancarse en el pasado? El presente, este bien casi mágico de espacio actual, es donde en este preciso instante construyo y decido las formas de amar, de amarte y de amarme. Entonces, ¿no debería ser motivo de esfuerzo la construcción de este estado (amoroso) mi mayor ocupación y no así el lugar en el tiempo si por ejemplo, cuando estés leyendo esto el presente de mi oración será pasado? Lo que intento decir es que en nuestro afán de situarnos dentro de paradigmas y ser parte de una manera de pensar y vivir la vida, lo cual no discuto, sería provechoso soltar los prejuicios del amor, y simplemente amar de manera única cada día.

Entonces, en este viaje inevitable en el que estamos cada uno transcurriendo en nuestra única forma de hacerlo, seamos capaces de ver en uno mismo y en el otro esa singularidad de ser, tan radical y distinta, para que el amor exista.



(selfie de domingo en el balcón)




jueves, 20 de junio de 2019

Los pies dentro del agua


En el constante encuentro con la vida y el presente que convoca presencias (redundante), de uno mismo y la conciencia de ser, observar el entorno y entablar diálogo con los elementos que nos rodean a veces parece un oficio más cercano a la locura que un ejercicio necesario de reflexión.

En este momento, lo que tengo al frente es una línea caprichosa que rompe con el profundo azul del cielo de invierno y sin la pretensión de creerse única, separa el vacío por donde pasa el viento y la solidez donde descansa la tierra. Veo montañas, piedra y tiempo. Siento la conexión de mis átomos con los de ellas, de mi tiempo y de mi transcurrir. Me siento parte de este entorno, una parte bien pequeña, que piensa mucho en la existencia, mientras que todo lo que me rodea, simplemente está. Me detengo, casi obligada, por esta  realidad inevitable y lo único que consigo hacer es temblar y despojarme de palabras. ¿Qué es lo que provoca este silencio? Es justo eso, la respuesta quizás incompleta a la búsqueda de mi paso por este presente. El silencio diciente que somete a mirar lo que es y no tratar de disfrazar y convertir en lo que quiero que sea, a encontrar el ritmo y fluir con el resto sin que eso defina mi propio orden.

Hoy no voy a escuchar las palabras que intentan gobernar mi paso por la vida, ni las llenas de amor incondicional ni las castrantes que alteran la verdadera esencia, hoy quiero dibujar las líneas entre este momento y lo que siempre está, quiero limpiar de prejuicios este instante. No me creo ni los discursos de amarse a uno mismo sin que nada más importe ni las poses mágicas que nos acercan al cielo. Ahora mismo, solo quiero ser. (Como esa montaña que es antes que nosotros y seguirá siendo después de nosotros, sin teorías ni modas, sin engaños ni penitencias.)

Mis pies están dentro del agua, en una piscina en medio de este verde, rodeada de montañas. Mis pies imperfectos y arrugados, sumergidos en el agua transparente que refleja la luz del sol. Y la montaña ahí, y mis pies aquí y yo tratando de entender por qué nos afanamos tanto en nuestro recorrido y tantas veces nos distraemos con detalles inútiles y perdemos momentos creando problemas en vez de vivir. Nuestro caminar por esta vida muchas veces lo definen otros y nos condenan a creer lo que dicen, a hacer lo que esperan y a pensar en desenlaces que nada tienen que ver con lo que anhelamos. Este instante al comparar la dimensión física de mi cuerpo con lo que me rodea y sentir y saber que soy como la roca que se desliza de la cima o el arbusto que crece a merced del clima, encuentro, sin adjetivos innecesarios, que el presente es lo que es y que la construcción del mismo tiene que ver con mi historia y la relación de mi existencia con el entorno. La diferencia está en la importancia que le damos a este caminar en este momento. La plenitud y conciencia de estar y ser en nuestro presente, probablemente está en borrar el anzuelo de lo que el resto quiere de uno.

El viaje es opcional, los encuentros son azarosos, las satisfacciones las podemos trabajar, el amor lo vamos construyendo como mejor podemos, el placer no debería ser condenable, y la trascendencia es discutible. La muerte es la certeza. Por eso hoy, en este presente convidado, te invito a no decir nada y solamente ser.

Coroico 2019

domingo, 12 de mayo de 2019

A veces solo hace falta un clic

clic. 1. Onomatopeya usada para reproducir un sonido 
seco y breve, generalmente metálico.


A veces solo hace falta un clic para dar el siguiente paso, sin pensar tanto, sin reflexionar en los afanes de la existencia, dejándonos llevar por el ímpetu de nuestro (sobrevalorado) "yo", por un segundo.

Esta acción nos conecta con caminos que seguramente estábamos convocando y los deseábamos con demencia, o no. Tan literal como reservar un hotel en Recoleta sin haber comprado los pasajes aún o coincidir la mirada en el lugar menos pensado con alguien que ni conoces y en ese instante te regala alguna respuesta. En realidad, de lo que hablo es de poder tomar decisiones, de lanzarse a hacer lo que uno quiere, de ser lo que a uno le da la gana ser, aceptando los riesgos que esto implica (aunque en ese momento no estemos muy concientes de todo esto).

Escribo desde una ventana con vista a Plaza Callao, hace frío y todavía no estoy tomando mi café porque olvidamos comprarlo anoche y todavía mis hijos no se despiertan para salir a desayunar, es domingo. Llegamos ayer y ni bien dejamos el equipaje en el departamento salimos a caminar hasta La Rural, a la Feria del Libro, caminamos un montón de cuadras y después ahí mismo entre distancias y búsquedas, otro tanto. -"Mami, cuántas páginas nos falta para llegar?" - me preguntaron en algún momento y todos nos reimos. Qué lindo es mirarlos caminar y conversar, hacer chistes y hablar como porteños (dizqué), salir de la cotidianidad absorvente y dejarnos llevar por otra realidad. Estos son los instantes que valoro, ver cómo se puede decidir y actuar en consecuencia aunque no sepamos bien cómo ni por qué, tenemos las herramientas para descubrirlo en el transcurso.

Seguro desayunaremos tarde y llegaremos a San Telmo. La onda con dos adolescentes es que yo propongo lugares y les cuento un poco qué podrían encontrar ahí y ellos deciden y van descubriendo. Hay algunos sitios que saben que no van a escapar porque como ellos dicen "este viaje será estilo mami, puro museos y caminatas..."  y claro, hay imprescindibles en toda ciudad. 

Me gusta reconocer pedacitos míos en ellos, su placer por comer bien en lugares peculiares, buscar libretas en tienditas o querer ir a ver "materiales" como dice mi hija refiriéndose a tiendas de artículos de arte. Me gusta que sean ellos, plenos, con todas las inseguridades de su edad, con su ingenuidad para muchas cosas y sabiduría indiscutible para otras. También me gusta cuando se ríen porque por distraída no entendí qué me dijeron y les respondo otra cosa, ahí yo me reconozco en mi madre y también sonrío. 

Será un día para observar y agradecer, como todos los días de mi vida. 
Hoy agradezco por los instantes, por el calor de nuestros abrazos y la complicidad de nuestras carcajadas, por la compañía de los mensajes de mi familia y mis amigos, que también son familia. Por las miradas encontradas y la mágica coincidencia de vivir en el mismo tiempo, aunque dure solo eso, un clic. 

 (yo)