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miércoles, 24 de febrero de 2021

Mamá, me aburre la materia de arte

Junio 2019

“Mamá, me aburre la materia de arte” exclamó mi hijo el otro día y en ese instante sentí que algo daba vueltas en mi estómago como si hubiera comido un chicharrón guardado. ¿Cómo es posible que un niño se aburra? Es un mal contemporáneo que la mayoría de los niños y los jóvenes tengan el concepto del tiempo y la espera bastante confuso ya que nacieron en una época donde todo es inmediato y rápido. Pero, ¿será posible que nada pueda sacarlos de esta inercia que parece afectar también a muchos adultos?

 

Hablar de arte es casi tan fácil como hablar de las creencias, es un tema muy amplio, y completamente cambiante. Pero hablar del aburrimiento o desinterés que los niños y adolescentes perciben de sus clases de arte, eso es un tema preocupante. No es la primera vez que escucho que alguien detesta la materia de arte, que la esquivan, que les da igual, y esto no es pecado porque erróneo sería pensar que todos disfrutan lo que yo amo. Lo que me llama la atención es que en distintas ciudades y en diferentes colegios de este país, el comentario es similar. Por eso me atreví a usar este espacio para que podamos abrir diálogo y reflexionar sobre este desperdicio de capacidades. Es momento que los educadores, los padres y los que trabajamos en esta área podamos colaborar para construir mejores escenarios y aportar en la felicidad de los niños.

 

Mucho se ha escrito sobre las ventajas del arte en la educación, en el desarrollo de las personas, en cómo a través de ella se descubren sensibilidades y se activa la empatía, pero parece que no muchos leen estos estudios. Los niños y jóvenes que están estimulados por cualquier manifestación artística, como la música, la pintura, el teatro o la danza, son personas que pueden enfrentar el mundo con mayores y mejores herramientas que una persona que no conoce o nunca trabajó con ellas. No es invento mío que el arte sirve para desarrollar la capacidad de resolver problemas, que estimula la observación y también la concentración. Entonces,  ¿por qué no le dan importancia a esta materia en la mayoría de los colegios? Asumo que la contratación de profesores que provocan aburrimiento o frustración en sus estudiantes no fue rigurosa o quizás los encargados tampoco saben qué requerir a la hora de encontrar un buen profesor. ¿Qué pruebas necesitan los directores o creadores de grillas curriculares para integrar la materia de arte y creatividad de manera transversal en todos los años escolares? ¿Sabrán que en la clase de arte se hace mucho más que pegar palitos chinos para hacer fruteros, que pintar un cielo de muchos colores y no uno celeste apretando apenas el lápiz es una opción? ¿Sabrán que mientras se enseña a componer se está enseñando a decidir, que cuando se habla de “ismos” en el arte, también se habla de momentos sociales y políticos?

 

Una clase de arte en el colegio debería ser la más esperada por los niños y jóvenes porque es ahí donde el profesor se atreve a llevar a sus estudiantes a pensar, a debatir y a crear. Y con esto no hablo que la libertad que tanto se convoca al hablar de idealismo en el arte, sea sinónimo de no ser riguroso o exigente, hablo de tener la valentía como profesores de reconocer en los estudiantes las diferencias, las formas de hacer y percibir lo que se entiende como realidad. Estoy hablando de usar todos los recursos que la enseñanza del arte otorga para comenzar a cambiar los “yo no puedo” por “voy a intentarlo”, para sacar del adormecimiento a los niños y mostrarles nuevas formas de mirar, de decir y de proponer. Ahí mismo, en la clase de arte se debería fomentar que ser diferente es una posibilidad, y no seguir cultivando zombis que repiten, copian y no tienen derecho a pensar. En la clase de arte se debería estimular el pensamiento crítico, promover la lectura, el oficio y la capacidad de ser flexible ante el cambio (una de las ventajas del pensamiento creativo), se debería generar momentos de introspección e incentivar la búsqueda individual sin perder de vista el trabajo en colaboración.

 

Este es un llamado de atención sobre todo a los establecimientos educativos que son los que tienen la gran ventaja de recibir niños y jóvenes casi todo el año, que son los que deberán replantearse sus métodos y dar una mirada más profunda a sus objetivos. Insisto en que se debe dar más importancia a la enseñanza del arte, que de nada sirven las consignas impresas si no se promueve el cambio desde adentro. El aburrimiento es también una forma de provocar resultados creativos, cuando el aburrimiento viene del silencio y la ausencia y este genera nuevos caminos, pero aburrirse en clase de arte porque el profesor es un inepto, eso es otra cosa.



domingo, 30 de junio de 2019

El lenguaje de la existencia



El ser humano se choca con el lenguaje desde el momento de su nacimiento y es el mismo lenguaje el que se encarga de crear, limitar o confundir, muchas veces, su recorrido. Cada uno se cree lo que mejor calza con su imaginario de realidad, cada uno acopla a su vida las palabras que escuchó repetidamente, las que decide eliminar pero no puede o las nuevas con las que trata de entender su existencia.

El amor es una de ellas, lo que nos dijeron del amor, lo que pensamos de él y el temor que le tenemos a sus significados. Es un diálogo interminable el que entablamos con el amor, una búsqueda, casi una confrontación. Muchas veces el simple miedo a la palabra hace que las posibilidades de convivencia con nosotros mismos y con el otro se tornen muy difíciles. Es inevitable rondar en el territorio incierto de esta palabra todos los días de nuestras vidas, es inevitable hablar de amor, de desamor, es inevitable hablar de uno mismo. En cada encuentro comenzamos o terminamos hablando de amor, escuchando cómo los otros hablan y se refieren a esta palabra, a este estado de ser y estar. Es también ineludible observar las distintas formas que tenemos de construir las relaciones y la manía equivocada de cargar de nuestras expectativas al otro y de dotarlo de nuestras ilusiones terminando en poco tiempo con lo que habíamos creído que era amar o ser amado. No es fácil darse cuenta que nos contaron (y nos siguen contando) historias bizarras sobre el amor verdadero, cuando no sabemos cuál es la frontera de la verdad o de lo real. Es una tarea cotidiana entender que el amor no fluye de manera sobrenatural, que se construye con nuestras propias y muy singulares maneras de ver, con los sutiles encuentros con el otro sin despojarlo de su individualidad. Es un reto comprender que muchas de las historias que contamos son una suma de ficciones y deseos no culminados y que el presente lo estamos dibujando con trazos llenos de probabilidades en vez de simplemente marcar la superficie con la franqueza del grafito sobre el papel, sin pretensiones ni condiciones.

El presente que nos toca vivir debería ser el espacio donde invertimos nuestra capacidad de amar, de construir caminos y quizás de romper con los desenlaces que venimos reproduciendo aunque reneguemos del pasado. Es fácil decir que el pasado no existe y que debemos enfocarnos en el presente cuando andamos hilando definiciones enlatadas como si de repetir consignas se tratara sin darnos cuenta que seguimos en lo mismo, seguimos dándole una carga importante a los significados colectivos en vez de crear espacios flexibles de convivencia. ¿No es la repetición una manera de estancarse en el pasado? El presente, este bien casi mágico de espacio actual, es donde en este preciso instante construyo y decido las formas de amar, de amarte y de amarme. Entonces, ¿no debería ser motivo de esfuerzo la construcción de este estado (amoroso) mi mayor ocupación y no así el lugar en el tiempo si por ejemplo, cuando estés leyendo esto el presente de mi oración será pasado? Lo que intento decir es que en nuestro afán de situarnos dentro de paradigmas y ser parte de una manera de pensar y vivir la vida, lo cual no discuto, sería provechoso soltar los prejuicios del amor, y simplemente amar de manera única cada día.

Entonces, en este viaje inevitable en el que estamos cada uno transcurriendo en nuestra única forma de hacerlo, seamos capaces de ver en uno mismo y en el otro esa singularidad de ser, tan radical y distinta, para que el amor exista.



(selfie de domingo en el balcón)