domingo, 15 de marzo de 2020

Un día con Norma

La luz que pasa por debajo de la persiana llega sutilmente hasta mis piernas, es hora de despertar. Me siento al costado de la cama y tomo un poco de agua, no estoy en casa hace unos días, es otro costado, es otra cama. Camino hasta el baño y me reconozco frente al espejo, despeinada y sonriente. Me lavo los dientes mientras voy sacándome la pijama. Entro a la ducha y al mismo tiempo que paso jabón por mi cuerpo voy pensando en la forma que quiero darle a mi trabajo, hablo en voz alta y quito el agua caliente para recibir un chorro de agua helada. Me visto sin mucho ritual porque traje poca ropa y después de pasar crema a mi cabello, descargar un poco de perfume en mi cuello y ponerme todos mis anillos, salgo de la habitación directo a desayunar. En la mesa ya está mi taza, la mermelada de naranja, una cesta con pan y queso fresco. Preparo mi café fuerte y mientras estoy en la mesa pasa João saludando y sale a dar fruta a los pájaros. Él es esposo de Norma, un doctor cardiólogo que se jubiló hace un año y medio. No les voy a decir su edad porque no me van a creer, menos si lo ven de bermudas, sandalias y polera alzando las cajas de fruta que cada domingo compra de la feria a la que vamos a comer “pastel de queijo”.

Espero a Norma, hoy no salimos a caminar temprano, vamos al “atelier” porque ella tiene que recibir a una curadora que llevará su obra a Berlin y yo tengo que continuar con mi investigación y trabajo que vengo haciendo desde que comencé la residencia artística con ella, una artista brasileña de mucha trayectoria con una propuesta de obra maravillosa y una calidad humana que sobrepasa cualquier sospecha. Ella es sencillamente bondadosa. Salimos en su auto y llegamos en pocos minutos a Tote, así se llama el taller, donde además vive Tarta, la tortuga centenaria que se enamoró de mi el primer día, un amor correspondido y completamente incondicional. (Sonrío)
Cada quien a su espacio, aunque yo circulo por todos y voy convirtiendo cada esquina en un lugar de trabajo y reflexión. Pasa la mañana, nos encontramos en la cocina a tomar café y seguir conversando… conversamos mucho y de todo, un privilegio conocerla y construir este lazo de trabajo y cariño. La admiro mucho y voy descubriendo cada día sus historias, la inteligencia con la que gobierna su vida y la energía que la desborda y la impulsa a seguir creando. 

Es hora de volver a casa a almorzar. Me siento agradecida. El primer día ella me dijo que quería que yo esté cómoda y bien alimentada, que no me preocupe por eso y me ocupe de mis cosas. “Fique à vontade”, me repetía ese día y yo dentro mío no entendía por qué la vida es tan buena conmigo. Es una entrega que no termina, algo así como una fuerza que más bien se hace mayor a medida que pasa el tiempo. Almorzamos los tres en una mesa grande y siempre bien servida, con mucha verdura, frijoles (feijão), arroz blanco y cada día una sorpresa de Cida, que además de cocinar tan sabroso deja sobre mi cama la ropa doblada oliendo a hogar cada vez que pongo a lavar algo. Después de comer vamos a la sala de la tele a ver noticias. Cada uno en su sillón miran hasta que se duermen, con ellos también hace la siesta Frida, la perrita rescatada que ahora se siente dueña y señora de la casa, sobre todo del regazo de Norma que es donde le gusta terminar el día. Yo voy a mi cuarto y miro mis mensajes, respondo, miro redes sociales y descanso un rato hasta que es hora de volver al taller donde antes de comenzar preparo un café y me siento en el jardin a mirar las plantas y a sentir el sol. Cuando llegamos, después de abrir ventanas, Norma se queda en su escritorio, si es que no salió a comprar algo. De vez cuando mira mi avance, dialogamos, me fundo en sus palabras y observo sus ojos que siempre llevan pintadas sus pestañas de color azul. Sonreímos, cómplices. Tomo apuntes, aprendo, hablo, le cuento sobre mi proceso creativo y también sobre mi vida, mis amores y desamores, mis proyectos y algunas pasiones. Me cuenta, la escucho. La quiero. Ella hace arte desde la década de los 70 y su cuerpo de obra ha pasado por muchos momentos, todos ellos en un estrecho diálogo con ella misma y su relación con su memoria y su momento. Mucha coherencia, mucha reflexión y también mucha curiosidad, de esa que ahora se escurre por las aplicaciones del teléfono. Norma se convierte en uno de esos hilos indispensables para tejer mi historia. Inesperada y bienvenida, así es ella en mi vida. Una especie de diosa o casi una maga que propicia nuevos rumbos y subraya mis aciertos. 

Norma tiene  setenta y seis años y aunque la edad  es lo de menos, yo creo que ella y toda la extensión de su ser me revelan muchas cosas. Lo femenino que cotidianamente le gana la batalla a lo esperado y sugiere con vehemencia una postura inquebrantable de ser ella misma, mujer, pensadora, artista y la otra Norma, que también es ella, la que no perdona el tiempo y vuelve en su propia memoria a los lugares donde se sintió feliz en espera que la vida le alcance para seguir capturando momentos en hojas de libros que ella misma construye. Un día con Norma es tan impredecible como la línea que dibuja el viento sobre la arena y a la vez, tan confiable como la sonrisa de un niño que recibe un abrazo. Con ella camino por la senda del amor, ese amor que propicia creación y que no descansa, ese amor que cree y crea, el mismo amor que circula por el cuerpo todo y se pone a danzar bossa-nova al atardecer de un día cualquiera. Con ella, cualquier día es un aprendizaje, cualquier conversación una maestría. Norma es una mujer que se sabe poderosa, que cree que no hay fronteras porque se reconoce en cada acción y en todas sus palabras. 

Volvemos a casa a cenar. Siempre nos acompaña una copa de vino y más  conversación. João es el encargado de poner vino a la mesa. Berenice, la hermana de Norma, viene algunas noches a cenar, ella es otro de los regalos de este viaje. Siempre digo que llegué y encontré una mamá y una tía. Ambas me transportan a los momentos alrededor de la mesa a la hora del té en casa de mi abuela María, donde no faltaban el rollo de queso, el queque de plátano y los besos (los besos que ahora nos estamos guardando).

Después de la cena, la lectura y después de la lectura a veces una película o un documental como el de Elis Regina o el programa de entrevistas a psicoanalistas que vimos hace cuatro noches. El día termina así, reunidos con Frida al medio, un poco en silencio, a media luz y con un “boa noite”. Voy a mi habitación, vuelvo a lavarme los  dientes, me quito la ropa y antes de mandar el último mensaje a los que amo escribo un poco, casi nada.


Norma Vieira





miércoles, 22 de enero de 2020

Aquí.


El cielo estaba gris y eso no impedía que los pájaros invadan con sus cantos el amanecer, la temperatura al fin había descendido unos grados y la brisa fría se asomaba a la galería donde estaba el sofá de ratán sintético y una pequeña mesa de madera clara un poco desgastada. La galería terminaba sobre el jardín verde y tupido y esta vez húmedo porque había llovido toda la noche.

Era domingo, y estaba siendo fiel a mi ritual de despertar y ponerme una bata de seda que años atrás un amigo me trajo de Indonesia, ir a la cocina a destilar café y salir, descalza a la galería a leer y pensar. Cuánta calma tiene este momento, es como si con cada sorbo caliente de café amargo mi cuerpo se quedara sincronizando su existencia con el entorno. En paz, sin la premura de lo cotidiano, sin ese deber hacer que a veces nos gana y atropella. Este domingo era uno más de tantos en los que indiferente a la compañía, estaba sola respirando profundo mientras pasaban los minutos eternos en este lugar sagrado. Ahí estaba, sin poder abrir el libro para continuar con mi lectura, tenía las dos manos sobre él pero mi mirada estaba perdida entre las hojas tratando de entender el pensamiento de dos gorriones amarillos que algo conversaban después de compartir un insecto que uno de ellos trajo para ambos. Llegó un tercero, y un cuarto. Todos movían sus cabecitas como si tramaran algo, mientras comían del plato común. Así, tan simple. Solamente eran y cohabitaban espacios dejando que el verde sea, que el viento sople y el tiempo transcurra. Me colgué, como suelen decirme cuando mi mirada se estaciona en algún detalle que me rodea. Estaba sonriendo mientras miraba esta escena de complicidad y libertad. ¡Qué maravilla!

Abrí mi libro y retomé esa novela que me tenía atrapada hace algunos días. Pasó una media hora y sonó el timbre, dejé que suene pensando que alguien atendería el llamado. Era domingo y era temprano, los pocos habitantes de casa estaban durmiendo. Dejé el libro cerrado con la solapa marcando por donde iba y tomé lo último de café que quedaba en la taza. Volvieron a tocar el timbre, cuánta insistencia. Amarré la bata por la cintura mientras me acercaba a la puerta y pregunté - ¿Quién es?
Nadie respondió. Abrí la puerta con un poco de desconfianza mirando al piso para ver primero los zapatos de quien rompía con mi ritual de domingo.

- ¡Carajo! Viniste sin avisar. – No pude ni saludarla por la emoción que me hacía verla, después de tanto tiempo. Nos abrazamos tan fuerte que me adueñé de su olor, el mismo que me había acompañado hasta hace poquito desde la última vez que nos encontramos. – Tengo café – le dije, como si ella no supiera que justo a esa hora yo estaría ahí, haciendo lo que más me gusta hacer en ese, mi lugar favorito.

Entramos hasta la cocina, le serví una taza y aumenté más café a la mía. No pronunciábamos palabra. Salimos y me dijo – Antes de sentarnos, caminemos un poco por el jardín. – Se sacó los zapatos y fuimos juntas pisando la tierra llena de hojas derramadas por el viento. Llegamos al medio y levantó su vista al cielo, sin cerrar los ojos suspiró tan fuerte que pude sentir su alegría.

- Ahora sí, vamos al sofá a que sigas leyendo. –

Se sentó a mi lado, la abracé fuerte y con la voz que apenas me salía por la emoción le dije - ¡Gracias por volver! – no dejaba de abrazarla, la tenía de vuelta.

Abrí el libro en la página que lo había dejado, tomé un poco más de mi café aunque ya estaba frío y seguí leyendo. Comenzaron a sonar las puertas de casa, señal que ya estaban despertando y seguro pronto llegarían a la cocina en busca de panqueques con miel y huevos revueltos. Esa era la segunda parte del domingo, cuando todos coincidíamos en la cocina y cada uno contaba su historia del sábado, cada uno pero al mismo tiempo. Mientras me iban pasando los ingredientes y ponían los platos, la preparación del desayuno tenía besos, abrazos desprevenidos, jóvenes en pijama y muchas palabras sobre la mesa. Siempre era así, un caos hermoso.

Después de comer, salimos todos al sofá a seguir ganándole tiempo al día sin hacer nada más que acompañarnos. Ahí estábamos, riendo, a veces renegando, viviendo cada uno a su manera. Después de un rato cada uno fue a alistarse, yo me quedé un momento más mirando el jardín, levanté la taza de café que había dejado más temprano sobre la mesita y entré a la cocina. La ducha del baño de mi hijo sonaba , el secador de pelo de mi hija acompañaba su lista de “rock clásico” como ella decía, pero era toda música de mi época. 

Y yo estaba ahí, lavando mi taza, feliz. Había vuelto.




lunes, 23 de diciembre de 2019

diciembre nuestro


Mañana es noche buena, buena para reunirse con los que uno ama aunque no estén cerca, aunque no estén presentes, aunque no estén vivos. Aunque duela un poco.

Diciembre es así, una mezcla de sentires y una maratón de actividades porque ya se acaba el año, porque además de trabajar aparecen los motivos para reunirse y abrazarse, porque además de todo hay que terminar con las listas de pendientes, porque también hay que tomarse un café y respirar… Diciembre se mueve al ritmo de los Rolling Stones, tiene olor a jengibre y canela y te revuelve el alma con recuerdos que se viven en la piel y en la boca.

Hace diez años que el día 24 de diciembre no tiene el mismo sentido porque las dos magas de mi casa decidieron volar. Mi madre que hacía que cada diciembre sea especial con sus ojos verdes iluminados y mi abuela María que nos amaba desde su cocina dando órdenes como capitán de infantería.

(Cómo me cuesta dibujar mis propios rituales y hacer que nuestros diciembres tengan su propio sabor y suenen a chocolate y blues).

Ahora mismo, Édith Piaf invade la casa mientras el jardinero deshierba el pequeño jardín trasero, mi hija está en su dormitorio haciendo planes para una cena con sus amigas y mi hijo salió a pasear al perro. Comienza la historia, comienzan los instantes a convertirse en memoria y provocar recuerdos. Eso quiero, provocar. Los rituales de la casa nuestra son así, con poco rojo y verde pero con mucha luz. Con la única gana de ser y pasarla bien, aunque a veces no estemos cerca, aunque se sumen otros abrazos, aunque la casa no huela a popurrí pero se respire libertad, aunque no hayan adornos dorados pero sí velas encendidas y mucha mucha paz.  

¡Bienvenida a la realidad!, me dijo una amiga hace unos días cuando le contaba sobre algunos desencantos propios de las “fiestas”, y es verdad, lo ideal no existe. Solo sobrevive lo real, lo de cada día, aquello que puede y está, lo que es pues, lo que es. Y a partir de eso voy escribiendo mis diciembres que hoy, justo ahora tienen otro tono. Ahora saben a sonrisas y besos inesperados, suenan a dulce de leche y tienen olor a un abrazo largo. Este diciembre lleva una bandera de perseverancia, tiene en la entrada de casa una alfombra que dice: gracias y no tiene cortinas para que el cielo nos alcance. (En realidad no tiene cortinas porque nos mudamos recién y las cortinas están en la lista de cosas por hacer para el próximo mes, es así.)

Este diciembre es nuestro, un poco desordenado, a ratos apurado, con tropiezos y también con largas conversaciones sobre la cama pero nuestro, muy nuestro. Y desde aquí, les deseo un diciembre lleno de cosas buenas, de personas amadas y palabras bonitas, un diciembre lleno de cosquillas y música a todo volumen, un diciembre de besos con los ojos cerrados y galletas con azúcar, de momentos en silencio sintiendo a los que nos visitan y de piel con los que tenemos al lado.

Les deseo un diciembre memorable, donde lo importante sea lo que a ustedes les de la gana. ¡Salud! 
(selfie de ayer domingo)





lunes, 28 de octubre de 2019

Carta al Señor Evo Morales Ayma


Señor
Evo Morales Ayma

Acabo de escuchar su patético discurso que no fue más que un intento desesperado de repetir palabras, las mismas que en algún momento lo llevaron a sentarse en esa silla de la que usted, ahora, no quiere moverse. Primero me dio mucha rabia porque su soberbia sobrepasa los límites de lo racional aunque no me sorprendió porque de usted no se puede esperar otra cosa. Después, siguiendo sus desordenadas ideas comencé a sonreír porque usted no tiene idea que ahora su discurso de racismo no va más. Parece que no ha salido a las calles a ver como todo el pueblo boliviano reclama unido y en libertad, ya no podrá hacernos creer que no somos hermanos, esas palabras ya no sirven señor Morales. Estamos juntos en esto, nos reconocemos bolivianos y así estamos pidiendo que nuestra decisión sea respetada.
Me da usted pena.
Esta lucha es en las calles y no vamos a cansarnos hasta ver que nuestro voto, el voto real de todos los que queremos que usted y su régimen dictador se vayan, sea el que gobierne. No le tenemos miedo señor Morales, usted ahora tiene el poder porque se ha encargado de comprárselo sin medir consecuencias, pero nosotros tenemos la convicción de que queremos vivir en un país libre. Nosotros, el pueblo boliviano estamos de pie, firmes, para defender lo que es nuestro…nuestro derecho a elegir.

Después de escucharlo, entré a la habitación de mis hijos y se me cayeron las lágrimas porque es por ellos que yo no voy a descansar hasta ver a mi país libre de su nefasto gobierno. Yo quiero que ellos vivan en un país donde su voz cuenta, que sepan que pueden caminar tranquilos y no serán perseguidos por pensar diferente, que no les importe el color de su piel ni dónde les entregaron el certificado de nacimiento. Yo quiero que ellos vivan en un país donde se respete a las autoridades porque estas quieren lo mejor para sus habitantes.

Señor Morales, en serio, todavía puede irse y evitar que corra más sangre. De aquí yo no me muevo hasta ver que mi voto se respeta. Somos muchos, somos todos y no tenemos miedo.

Roxana Hartmann
Artista visual boliviana
23 de Octubre 2019

domingo, 6 de octubre de 2019

Las palabras insisten


Escribo y borro. Respiro. Miro el verde mojado que tengo al frente y me detengo.
El viento frío sube por mi tobillo. No necesito nada más que todo lo que tengo.

En los últimos días he caminado nuevas calles, descubrí espacios distintos y confirmé que las fronteras ya no son fijas, se transforman a medida que las palabras acompañan este viaje que no termina nunca. La muerte ya no me provoca asfixia y el amor se viste con el traje que quiere sin fijarse en nada más que estar. En estar y ser. En dejar ser. Las presencias no son un requisito aunque coincidir se volvió inevitable.

Escribo, escribo y borro. Las palabras que dibujan situaciones o mejor dicho, los momentos vividos y las personas en esos momentos, vienen y se sientan a mi lado, me miran y marcan esta hoja en blanco. Dibujan con su esencia formas muy parecidas al rastro que deja la luz que pasa a través de tus manos al hablar, o la sombra que proyectas cuando te mueves y el pasado te persigue o el sonido de la carcajada que se estrella contra el muro vacío de lo esperado. Escribo. Y al escribir voy creando este presente lleno de hilvanes. Convoco. Te quiero, los amo. Sonrío.

Las palabras insisten, yo insisto.

¿Cuál es mi afán? Creo que esto de la memoria y del tiempo. De la identidad y la relación de uno con su historia, con sus palabras y con las historias de otros, creo que esto es lo que me detiene a escribir, escribir y borrar. Mi afán es decirte que estás en el abrazo de bienvenida, en los libros que leíste y que otros ahora leen, en la noche llena de murmullos y en el calor de tu piel conquistada. Estás en la calle hablando con eco y en esa silla, tomando café. En la terraza, en el museo y en la cocina, estás ahí en la memoria. En cada encuentro, en todos los lugares. Ahí estás, estamos, seguimos.
Mi afán es que sepas que mi historia se enreda con la tuya, dialogan, se alimentan, se separan, vuelven y se transforman en otros seres, en otras palabras y otros lugares.

Escribo y sigo.

(sigamos)

sábado, 7 de septiembre de 2019

Nos quemamos






Hace días que el fuego se lleva todo lo que palpita a su alrededor, no se puede hacerle frente, no nos deja y son pocos los que ponen todo su cuerpo para tratar de aplacarlo.


Nos quemamos, y no es sólo el verde que se pierde debajo de la capa de grises con trazos abstractos robando cualquier insinuación de figura, se pierde también nuestra capacidad de ver más allá, nos perdemos…nos estamos borrando.

Vivir no se trata de coleccionar likes o buscar el filtro que borre las arrugas, tampoco se trata de sumarse a una lucha solamente por tener algo de qué hablar, y hacer eso…hablar solamente. Vivir se trata de vivir. De ser un sujeto consecuente, coherente en todas las acciones. Aunque no te vean, aunque lo que hagas parezca que no importa. Aunque tu post no se comparta. Parece que estamos condenados a ser lo que los otros piensan que somos, pasamos mucho tiempo del día construyendo ese personaje para el resto, nos olvidamos de nosotros mismos, de dejar que ese ser que vive en nosotros respire con pausa. Nos estamos quemando y ahora creemos que además podemos apagar incendios.

En estos días he visto mucha gente que trabaja en sintonía para ayudar a las regiones donde sucede el desastre, que da lo mejor de sí, comprometida y silenciosa (y bulliciosa también). He visto el amor manifestarse en distintas formas, todas válidas, todas refrescantes. Todas urgentes y necesarias. He visto cómo aprendemos rápidamente a insistir y resistir. También he visto cómo confundimos fácilmente la vanidad con la presencia y la impostura con la convicción. He visto cómo vivir el presente nos lleva a pisarlo. Es impresionante. Es un tiempo difícil, nos estamos quemando, es real, es mucha tierra devastada y mucho futuro sobre puntos suspensivos. ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Estamos librándonos de nuestra propia muerte? ¿Lo hacemos por nosotros y todos nuestros compañeros?

Parece que nos estamos salvando, raspando, pero no nos vamos a aplazar. Parece que finalmente nos visita la gana de pensar en los demás y en nuestro entorno, desinteresadamente, aunque tengamos que registrarlo (por si acaso) en una que otra selfie. Aprovechemos pues, que no nos distraigan las fechas importantes ni la foto para las redes, que las palabras escritas sean pasos caminados, que los hashtags se conviertan en acciones diarias y nos volvamos influencers en nuestra entorno cercano. Que nos valga una mierda las teorías de “cómo ser una persona exitosa” y nuestro instagram tenga las fotos que amamos. Que nuestras historias cuenten lo que queremos y no lo que pensamos que los otros quieren escuchar.  Amemos como nos de la gana, como mejor nos salga, porque en realidad a nadie le importa lo que hacemos, que nos importe a nosotros. Amemos.

Vivamos, que para morir tendremos tiempo.

(Toborochi en San José de Chiquitos)



domingo, 11 de agosto de 2019

Por amor


Dormir en casa de mi abuela era casi un ritual los fines de semana. Yo era quien insistía en quedarme porque amaba la textura de sus sábanas de algodón puro y el desayuno con huevo frito de orillas tostadas, sal y pimienta con un pedazo de pan recién calentado y té en taza gigante.

Los sábados eran días festivos para mí, porque amanecía al lado de ella. De todas las camas de su casa, yo elegía dormir en la suya, en medio de todas sus almohadas que tenían tres fundas cada una. - Esto de las fundas me lo enseñó muchas veces, la primera funda debía ser de tocuyo cosida con un punto  suelto para poder tirar del extremo del nudo y que salga todo sin problema, la segunda era de algodón blanco y la última, la que estaba en contacto con la piel, podría ser la del juego de sábanas, que en su caso siempre eran blancas o verde agua. – Era muy lindo estar acostada, verla caminar en camisón y pantuflas oliendo a crema Nivea (de lata) y acercarse a mi lado de la cama para taparme. Primero estiraba la sábana y me cubría toda mi cara, para después estirar la cubrecama, doblarlas justo en medio de mi pecho y meter todo debajo del colchón dejándome casi sin poder mover mis manos, amaba esta sensación de estar empaquetada y sacar mi pie por un lado sin que ella se de cuenta. Servía dos vasos con agua, uno para cada una, y los tapaba con un platillo, siempre hay que tener agua cerca, me decía. Por fin entraba a la cama y me preguntaba si me sentía bien, me acariciaba el cabello un rato y sacaba del único cajón de su mesa de noche un libro negro lleno de rezos, que había sido de su madre, y un rosario. Se ponía a rezar y yo amaba ese momento, la luz amarilla de su lámpara, la sombra que se proyectaba sobre las cortinas y el sonido de su reloj despertador a cuerda. 

Mi abuela se llamaba María, medía casi un metro y medio y sus zapatos eran los más chicos de la numeración de adultos. Era muy saludable, inquieta y noble como un árbol de raíces profundas. Destilaba amor en todos sus actos, hasta cuando nos reñía por todo y por nada y por si acaso también. La Maru, como le decíamos todos, era esta mujer de poca estatura pero con un espíritu guerrero que jamás vi, maestra en cálculo mental y una especie de hechicera en la cocina, todo lo que tocaban sus manos era extraordinario. Una mujer fuerte, así era ella, con la capacidad de convocar a su tribu sin necesidad de invitación.

Recuerdo a menudo que yo entraba a su armario para ponerme sus zapatos, cuando aún me quedaban grandes, y colgarme una de sus carteras, que siempre tenían adentro un pañuelo limpio de tela. Vestida de Maru y frente a su espejo me llenaba la cara con su polvo Maja mientras la bailarina de ballet daba vueltas con El Lago de los Cisnes en la cajita musical que ahora mismo no se quién heredó. Ese acto no me duraba mucho porque yo prefería ponerme mis North Star blancos con rayas azules y salir al jardín a explorar hasta que escuchaba un grito llamándome desde la cocina, era la hora de ayudar a armar los bollos para que la masa leude por segunda vez antes de meterla al horno. En realidad yo era la experta en poner mantequilla a las latas, un oficio que no disfrutaba mucho porque me estremecía lavarme las manos y que la grasa no salga fácilmente. Los sábados eran así, de ella y con ella, mirándola y apretándole de rato en rato su brazo robusto. 

La Maru tenía también la maestría de tejer, hasta de dormida, mientras miraba su novela. Sabía más puntos que los que mostraban en El Arte de Tejer. Se empeñó en enseñarme, ponía mi sillita a su lado para que yo la imite con unos palillos pequeñitos, apenas me salía el punto llano un poco desprolijo, ella insistía. Cuando fui creciendo y se había dado por vencida en su labor de enseñarme a tejer, me usaba de pedestal, me pedía que estire mis dos brazos y ponía la lana alrededor para convertirla en un ovillo. No podía moverme cuando ella me pedía esto porque si no todo  podía enredarse y eso no era bueno, eso venía con un “Te he dicho que no te muevas Roxanita” y la posibilidad de un segundo bollo de lana para que aprenda a no moverme. Creo que me preparaba para la guerra.  Ahora me río, porque es como si viviera la escena de nuevo, ella en su sillón, mi madre en el de al lado hablando de metafísica mientras también tejía y yo parada como alfil fiel y comprometido. Un aquelarre mismo.

Mi abuela no había leído tanto en su vida, no citaba autores ni sabía mucho de Platón, ella vivió trabajando entregada a los suyos y su filosofía era esa, la del amor aunque no decía te amo. Ella me decía que me abrigue tras que comenzaba a llover, me llevaba a tomar helados en cucurucho (como ella decía), me pasaba unos billetes para mis salidas cuando venía de vacaciones en la época de Universidad, cocinaba lo que más me gustaba y me hablaba de respeto. Me mostró muchas formas de amar, porque cada uno ama como mejor sabe, como puede, eso me enseñó.

La recuerdo cada día y hasta a veces la escucho, ella murió meses después de la muerte de su hija, mi madre. Un día decidió partir y no despertó más. Hasta para morir fue obstinada. Murió por amor, como todo lo que hizo en su vida.

(María)